Amigos de La Espadaña

Corría el mes de junio. El otoño estaba más que comenzado. 

Habíamos amanecido en Carhué. A solo unos pocos kilómetros del conocido y trágico balneario Epecuén.

Allí nos habíamos quedado en la casa de la gran Edel, quien fue la culpable de que redirigiéramos el curso de nuestro viaje.  Pensábamos continuar rumbo sur, pero nos convenció de que Sierra de la Ventana era un lugar al cual no podíamos dejar de ir, y al menos unos pocos días bastarían para conocer este mágico lugar.

Por aquellos tiempos aún viajábamos a dedo. 

Salimos temprano. Nos levantó una maestra de la zona y luego una pareja que nos dejo en la entrada de Torquinst.

Nos bajamos. Acomodamos nuestras cosas cerca de la ruta nuevamente. Pasaron pocos minutos hasta que vimos el primer auto que salía del pueblo. Sin dudarlo, frenó unos metros delante de nuestras cosas.

Le dijimos hacia donde íbamos, nos subimos y partimos.

Soy Pichi dijo, y vivo cerca de Sierra. Nosotros nos presentamos también y le comentamos que teníamos pensado acampar unos pocos días en la zona.

La charla fluyó naturalmente. Tema por tema. Como si los hubiéramos ordenado alfabéticamente.

Y como todo se dió así de natural, con la misma fluidez con la frenó casi sin pensar, nos contó que vivía en un campo, con su mujer y con algunos animalitos. Que tenía una materita, en la cual, si nosotros teníamos bolsa de dormir podríamos quedarnos si así lo quisiéramos. Porque por aquellos días y por los siguientes, el clima no sería el mas recomendable para acampar. 

Nos miramos y no dudamos en aceptar la oferta. Sin saber lo que era “una Matera”, le demostramos interés por conocer el lugar.

Llegamos al campo, nos recibió una bella jauría de perros y luego nos llevó a conocer  “la Matera”.

La verdad es que si revivo ese momento en mi cabeza…recuerdo mis ojos tratando de hacer un inventario rápido de todo lo que había. La estufa hogar, los rebenques, las camas, los sillones, los bozales, la barra que parecía de una pulpería, los cueros, las lámparas…era una puesta en escena de revista de una cabaña de montaña, pero de verdad. 

Nos pregunto si seria suficiente para nosotros. Nos reímos y dejamos en evidencia que sería mas que suficiente.

Ya sabiendo que nos quedaríamos ahí, nos llevo su casa. Entramos, y ahí estaba Flor, que se dio vuelta y al ver dos rostros extraños, la cara de sorpresa la cambió rápidamente por una dulce sonrisa. Y en menos de diez minutos estábamos sentados tomando mates y charlando como si nos conociéramos de toda la vida.

La invitación era por tres días, pero sin programarlo se extendió a una semana, y diez días después nos dejaron a cargo del campo para que se lo cuidemos, porque necesitaban viajar a la capital. 

¡¿Y cómo no concederles e favor?!

Por suerte fueron unos pocos días y todo salió bien.

Los días fueron pasando… entre chacareras, mateadas, zambas y picadas.

Entre empanadas, tartas, mermeladas y muchas charlas. 

Parecía que todos los días teníamos una buena excusa para festejar. 

Bondadosos, amigueros, cariñosos y camperos.

Cantores, cogolleros, tomadores y grandes cocineros.

Siempre listos para darle una mano a aquel que lo necesite.

Siempre rodeados de amigos, guiso al fuego y mil excusas para cantar!

Siempre listos! Con guitarra en mano que la vida es un carnaval!

Iban a ser tres días, pero se multiplicaron como por arte de magia…más de cuatro meses disfrutamos de esta linda compañía que se transformo en una hermosa amistad.

No solo nos abrieron las puertas de su querida Espadaña, también nos convidaron de su generoso corazón, nos compartieron sus amistades que muchas de ellas terminaron siendo nuestras también.  Y nos dieron la posibilidad de que amigos y familia vayan a visitarnos a aquel hermoso lugar.

La ruta nos lleva, nos trae, nos sorprende, nos direcciona, nos re direcciona, nos retrae, y también nos regala amistades. De esas largas y duraderas, de esas de hermandad, de esas dignas de festejar!

¡Salú por eso! Y por muchos encuentros mas!

¡Gente linda que nos da el viajar!Historias dignas de contar…

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